A cien años; retrataba un afiche captando la atención de aquel momento. En un instante, imaginaria, la abemolada melodía de las fábricas y el polvo jugaba con su mente y sus ojos se deleitaban con el vaivén de pequeños y jóvenes cuerpos femeninos que danzaban conmemorando el recuerdo de cien años.
Recovecos de la mente. Memorias iban y venían.
- ¿Cien años? En cien años pediría la muerte llorando y de rodillas.- Pensó.
De pronto, un aplauso, marcaba los compases, el ritmo de su danza…
- Después de todo no fue tan malo, ¿no crees? Estos años no han pasado en vano, al menos de mi historia no me quejo…
Caminaban por la acera, mientras el sol de diciembre castigaba sus nucas, y los uniformes a cuadros, las corbatas, agobiaban aún más ese ultimo día, como si supiesen que no volverían a cumplir función alguna. Un niño de tez morena y extraño nombre seguía diciendo.
- Fueron buenos años los míos, claro las cosas cambian, ¿qué piensas hacer ahora?
La interrogante se alejaba en la voz chillona del aún joven compañero, la mente de la muchacha que le seguía parecía estar vagamente sorda, irremediablemente perdida, ensimismada.
- Mis historia… No, no estuvo tan mal, pero podría haber sido mejor…
Sonó la cerraja, las llaves a piso, la silueta de un hombre ya viejo se asomaba en la penumbra. La tenue luz, ciega, que dejaba pasar la ventana dibujaba en la oscuridad el inocente cuerpecillo ensangrentado en lágrimas.
- No, no fue tan malo, podría haber sido peor…
Parecía contestarle a la ventana, intentando convencerse a si misma, mientras el vehículo avanzaba lentamente como retrasando el reloj. Su casi cándida niñez aturdía sus manos que buscaban el timbre para bajar. Y continuaba su retórica conversación calle tras calle.
- ¿Qué piensas hacer ahora?
Al fin la interrogante sentó en su cabeza.
- A cien años... ¿O son menos?... ¿O son más?... Ya parecen siete… Ya parecen nada. Y es como si el pesado aire de cien gastados años mutilara mis pulmones. Y el ponerse de rodillas, recurso vano. Y el llorar, ya han pasado muchos años. El tiempo ya ha ahogado mis gritos, la conciencia ya ha inmovilizado mis impulsos, el dolor ya ha adormecido mi sonrisa… Mas he reído… Sí, he reído… Mas he soñado… Sí, he soñado…Los momentos se confunden…Mis ojos… No puedo abrir mis ojos… Mis manos… ¿quién me ayuda a mover mis manos?... Mis piernas… ¿qué le pasa a mis piernas?... Mi pecho… Mi cuerpo se adormece… Mi corazón se escapa…Mis oraciones callan… ¡Mi razón!
En la oscuridad de la noche, solitaria, el blanco de sus ojos y dientes irrumpió en el negro vacío de la habitación. Su cansado cuerpo tomo fuerzas para buscar una posición que le acomodara. Volteó, cubrió hasta su mejilla con la sabanilla, cerró sus ojos y tomando una bocanada de aire, olvidó la hora, suspiró. Y así, en posición fetal, como intentando regresar, el sueño domino sus ideas; y así, sin más remordimientos, alejó sus pensamientos y durmió.
Recovecos de la mente. Memorias iban y venían.
- ¿Cien años? En cien años pediría la muerte llorando y de rodillas.- Pensó.
De pronto, un aplauso, marcaba los compases, el ritmo de su danza…
- Después de todo no fue tan malo, ¿no crees? Estos años no han pasado en vano, al menos de mi historia no me quejo…
Caminaban por la acera, mientras el sol de diciembre castigaba sus nucas, y los uniformes a cuadros, las corbatas, agobiaban aún más ese ultimo día, como si supiesen que no volverían a cumplir función alguna. Un niño de tez morena y extraño nombre seguía diciendo.
- Fueron buenos años los míos, claro las cosas cambian, ¿qué piensas hacer ahora?
La interrogante se alejaba en la voz chillona del aún joven compañero, la mente de la muchacha que le seguía parecía estar vagamente sorda, irremediablemente perdida, ensimismada.
- Mis historia… No, no estuvo tan mal, pero podría haber sido mejor…
Sonó la cerraja, las llaves a piso, la silueta de un hombre ya viejo se asomaba en la penumbra. La tenue luz, ciega, que dejaba pasar la ventana dibujaba en la oscuridad el inocente cuerpecillo ensangrentado en lágrimas.
- No, no fue tan malo, podría haber sido peor…
Parecía contestarle a la ventana, intentando convencerse a si misma, mientras el vehículo avanzaba lentamente como retrasando el reloj. Su casi cándida niñez aturdía sus manos que buscaban el timbre para bajar. Y continuaba su retórica conversación calle tras calle.
- ¿Qué piensas hacer ahora?
Al fin la interrogante sentó en su cabeza.
- A cien años... ¿O son menos?... ¿O son más?... Ya parecen siete… Ya parecen nada. Y es como si el pesado aire de cien gastados años mutilara mis pulmones. Y el ponerse de rodillas, recurso vano. Y el llorar, ya han pasado muchos años. El tiempo ya ha ahogado mis gritos, la conciencia ya ha inmovilizado mis impulsos, el dolor ya ha adormecido mi sonrisa… Mas he reído… Sí, he reído… Mas he soñado… Sí, he soñado…Los momentos se confunden…Mis ojos… No puedo abrir mis ojos… Mis manos… ¿quién me ayuda a mover mis manos?... Mis piernas… ¿qué le pasa a mis piernas?... Mi pecho… Mi cuerpo se adormece… Mi corazón se escapa…Mis oraciones callan… ¡Mi razón!
En la oscuridad de la noche, solitaria, el blanco de sus ojos y dientes irrumpió en el negro vacío de la habitación. Su cansado cuerpo tomo fuerzas para buscar una posición que le acomodara. Volteó, cubrió hasta su mejilla con la sabanilla, cerró sus ojos y tomando una bocanada de aire, olvidó la hora, suspiró. Y así, en posición fetal, como intentando regresar, el sueño domino sus ideas; y así, sin más remordimientos, alejó sus pensamientos y durmió.
(A. J. U. Melita)
Alejandra Ullloa